Hace 20 años, el 28 de enero de 1992,
mi padre empezaba a teñir mi corazón con dos colores. Como no podía ser de otra
forma, eran los colores del equipo de mi ciudad, del león rampante, eran el
azul y el blanco, los colores del Real Zaragoza.
Desde ese día se empezó a forjar un
sentimiento hacia estos colores, este club, esta camiseta, este escudo.
Desde siempre me han enseñado a querer aquello que es nuestro, lo de casa, a ese equipo
reconocido en toda Europa y querido en toda España, un club noble, valiente,
con carisma, luchador, un club que “caía” simpático a la mayoría de las
aficiones rivales, que estaba entre los grandes de España y peleaba por hacerse
hueco entre los grandes de Europa. Ese equipo ganaba sus batallas a base de
casta, coraje y orgullo.
Me
enseñaron que ser de los que ganan siempre es demasiado fácil, pero ser del
Real Zaragoza es difícil, complicado, implica sufrimiento, las derrotas son muy
amargas porque lo llevamos muy adentro. Pero por ese motivo las victorias son
muchísimo más alegres. No nos hace falta ganar un titulo para dejarnos la voz y
lo que haga falta por nuestro equipo, para teñir la ciudad de blanquiazul, para
desplazarnos 12.000 personas para vivir una permanencia, para defender por
encima de todo este escudo. En definitiva, para no abandonar nunca, para no
rendirnos, para demostrar una vez más la grandeza de este club y de esta
afición.
Pero
últimamente apenas reconozco todo esto que me enseñaron desde el día en que
nací. Es la primera vez que tengo esta sensación.
Ahora
mi equipo es despreciado en toda España, no pelea por hacerse un hueco entre
los “grandes”, sino por logras apuradas permanencias. El coraje, la casta y el
orgullo han desaparecido del terreno de juego y todos los zaragocistas, de
nacimiento o de adopción, que nos representaban en el campo cada domingo, han
sido malvendidos. Nos crecen los enemigos, los problemas y la deuda cada día
más.
Todo
esto tiene un clarísimo culpable que no se merece ser nombrado. Puede que haya
destrozado el club, pero solo aquello que tiene a su alcance, con la afición
nunca podrá. Hemos demostrado muchas veces que esta afición unida puede con
todo, y esta tiene que ser una más.
Tenemos
que ganarle la batalla a este “señor” y
recuperar todo el prestigio, honor y respeto que nuestro club tenía y él ha
tirado por la borda.
Porque
no podemos dejarlo solo, porque no podemos evitar sonreír al ver a alguien con
el escudo en el pecho, porque cuando estamos lejos de Zaragoza paseamos con
orgullo nuestra camiseta, por el cosquilleo que sentimos antes de cada partido, porque por muy mal que
estemos, siempre estamos ahí apoyándoles, porque los demás no saben lo que se
pierden, por todos aquellos que llevan al Real Zaragoza en su corazón: Nayim, Lapetra, Aguado, Poyet,
Violeta, Señor, Belsué, Cedrún, Esnaider, Cani, Zapater, Gabi o Doblas... porque por el león yo voy a todos lados y sobretodo, porque es la leyenda que mi sangre hace
correr. ZARAGOZA NO SE RINDE.

Simplemente, MARAVILLOSO :') Te sigo! ^^
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